miércoles, 1 de febrero de 2017

ALTIVS, CITIVS, FORTIVS: LOS JUEGOS OLÍMPICOS



Por poco atentos que estuvierais el verano pasado a los medios de comunicación, habréis oído decir, imagino, que los de Río 2016 fueron los vigésimo octavos (XXVIII) Juegos Olímpicos de la era Moderna. De la era Moderna, insisto, pues muchos siglos antes de que el barón Pierre de Coubertin recuperara este espectáculo en Atenas en 1896 con la intención de devolverle al deporte sus valores originales (gloria, honor, afán de superación...), los Juegos ya se celebraban en la Antigüedad.

No es de extrañar, pues, que el lema de los juegos olímpicos sea latino: citius, altius, fortius, que quiere decir “más rápido, más alto, más fuerte”. Aquí podéis oír dicho lema en el himno que John -la Guerra de las Galaxias- Williams compuso para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002.


Los Juegos Olímpicos fueron, cómo no, una creación griega. Se empezaron a celebrar en el 776 a. C. y toman su nombre de Olimpia, donde había un templo en honor del dios Zeus. Cada cuatro años se declaraba una tregua sagrada para que las ciudades griegas dejaran de luchar si estaban en guerra y permitieran a sus atletas participar en los juegos. El período de cuatro años que mediaba entre cada edición de los juegos recibió el nombre de Olimpiada. Fueron abolidos en el siglo IV d. C. por el emperador Teodosio, que los consideraba un culto pagano.



Los atletas tenían que ser varones, griegos, hombres libres y no ser culpables de ningún crimen. Además, eran aristócratas, es decir, nobles. De hecho, los juegos era el escaparate en el que los aristócratas hacían exhibición de sus habilidades físicas para justificar los privilegios que tenían en la polis. Los juegos eran una especie de preparación para la guerra. Como procedían de clases privilegiadas, los atletas podían costearse el equipamiento y dedicarse por completo al entrenamiento. Posteriormente se dio la posibilidad de que las familias aristocráticas no participaran directamente sino a través de atletas especializados, lo que condujo a cierta “profesionalización” de los juegos. Los premios eran muy sencillos, tenían un carácter simbólico: ramas o coronas de olivo y composiciones poéticas en su honor, llamadas epinicios (ἐπί-νική). El vencedor, eso sí, obtenía privilegios en su ciudad de origen, como la manutención gratuita.

Entre las distintas modalidades atléticas estaban las carreras de carros, de caballos, pugilato, lucha, carreras pedestres de velocidad y resistencia, pancracio (una especie de lucha libre, donde casi todo valía y lo único que estaba prohibido era morder y sacarle los ojos al rival), carrera de hoplitas, pentatlón, etc. Las competiciones tenían validez en sí mismas y no había intención de batir marcas.

Si sois aficionados a las aventuras de Astérix (Goscinny-Uderzo), quizá conozcáis su álbum Astérix y los Juegos Olímpicos. Si no, os vendrán bien igualmente estas viñetas como resumen de lo visto en esta entrada.







 

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