sábado, 30 de septiembre de 2017

“MIS PRIMERAS TRADUCCIONES”: ALGUNOS CONSEJOS PRÁCTICOS Y UN PEQUEÑO ENCARGO



Enfrascados como estamos -o deberíamos estar, al menos- en la memorización de los casos y sus funciones y la primera declinación del latín, se nos puede llegar a olvidar que tanto esfuerzo va dedicado a la lectura e interpretación de textos. El estudio de la morfología es condición indispensable -conditio sine qua non, que dirían los latinos- para poder enfrentarnos a un texto, pero no garantiza el éxito. Aquí os dejo unos cuantos consejos útiles que deberíais tener en cuenta:
1. Buscad en primer lugar el verbo y buscadlo, para empezar, al final de la frase. El número del verbo determinará el del sujeto -pues concuerdan obligatoriamente- y nos ayudará a encontrarlo. Además, el significado del verbo será transitivo o intransitivo, con lo que podremos saber si buscar, o no, un complemento directo.
En cuanto a su posición, el orden de los elementos de la frase en latín -y en griego- era SUJETO-COMPLEMENTOS-VERBO. Cuando no sea ese el orden, el elemento que aparezca en primera posición tendrá una importancia especial y así debemos reflejarlo en nuestra traducción.
2. Los casos tienen unas funciones más usuales que otras y así os lo he hecho notar al tratar de este tema. En vuestra búsqueda de la función, id de lo más probable a lo menos probable.
3. El latín y el griego se servían de los casos para expresar valores que en castellano recogen las preposiciones. No tengáis miedo de añadir preposiciones donde no las hay en latín. Por ejemplo, traduciremos el sintagma rosa puellae como “la rosa de la niña”, donde el sintagma preposicional “de la niña” traduce el genitivo puellae. También será necesario jugar con las preposiciones para traducir el caso ablativo.
Adoptad como lema la recomendación de Marouzzeau, “traduzca tan literal como sea posible, tan literario como sea necesario”. Siempre que sea posible, debéis intentar reflejar la estructura sintáctica latina -o griega- en vuestra traducción, pero cuando no sea posible por los límites de la gramática castellana... ¡no pasa nada!
                                                          
El movimiento, ya sabéis, se demuestra andando, así que aquí va un encargo. Os dejo un texto para que lo analicéis morfológica y sintácticamente y lo traduzcáis en consecuencia, tal y como estos días venimos haciendo en clase. Debéis entregármelo, como muy tarde, el 11 de octubre. La traducción es una técnica y, en consecuencia, se aprende con la práctica así que... ¡a ello!

LAS DOS YEGUAS DEL RÍO HELADO

Agricola duas equas habet, Regulam et Reginam. Equae in villa agricolae laborant et agricolam iuvant. Sed agricola portam non claudit. Itaque Regula ad ripam currit. Subito est fractura in aqua et Regula in aquam frigidam cadit. Equa perterrita est. Agricola Regulam in aqua videt et clamat: “Veni, veni[1], Regula, ex aqua!” Sed equa non venit ex aqua. Alteram equam Reginam ad ripam statim ducit. [Ubi Regula videt bonam amicam Reginam,][2] est laeta. Itaque ex aqua venit et salva est.
Léxico
ad (prep. + acusativo): “a”
agricola, -ae (sust. masc.): “campesino”
alter, -a, -um (adj.): “el otro”, “la otra”
aqua, -ae (sust. fem.): “agua”
cado: “caer”
clamo: “gritar”
claudo: “cerrar”
curro: “correr”
duco: “llevar”
duo-duae-duo (determinante numeral): “dos”
equa, -ae (sust. masc.): “yegua”
et (conj. coord. copulativa): “y”
ex (prep. + ablat.): “fuera de”
fractura, -ae (sust. fem.): “rotura”
frigidus, -a, -um (adj.): “frío”
in (prep. + ablat.): “en”
itaque (conj. coordinante conclusiva): “así pues”
iuvo: “ayudar”
laboro: “trabajar”
laetus, -a, -um (adj.): “contento”
perterritus, -a, -um (adj.): “aterrado”
porta, -ae (sust. fem.): “puerta”
Regina, -ae (sust. fem.): “Regina” (nombre propio)
Regula, -ae (sust. fem.): “Régula” (nombre propio)
ripa, -ae (sust. fem.): “orilla”
salvus, -a, -um (adj.): “a salvo”
sed (conj. coord. adversativa): “pero”
statim (adv.): “inmediatamente”
subito (adverbio): “de repente”
ubi (conj. subordinante): “cuando”
venio: “venir”
video: “ver”
villa, -ae (sust. fem.): “pueblo”


[1] 2ª persona de singular del imperativo de presente activo del verbo venio, “venir”: “ven, ven”
[2] Oración subordinada adverbial, CC: “cuando...”


viernes, 29 de septiembre de 2017

VOLAR DEMASIADO ALTO: DÉDALO E ÍCARO



Sigo empeñada en demostraros que la Cultura Clásica no tiene por qué ser algo lejano y anticuado, encerrado en polvorientos libros y, por eso, volvemos al laberinto de Cnosos a través de una magnífica serie como Orange is the new black (OITNB). En ella se relatan las desventuras de Piper Chapman, niña pija de Nueva York, que, poco después de prometerse con su novio, ingresa en la prisión de mínima seguridad de Litchfield para cumplir quince meses de condena por un delito de su loca, loca juventud: transportar dinero del narcotráfico. Pronto descubre que, pese a las aparentemente enormes diferencias con el resto de internas, todas son, en último término, víctimas de sus propios errores y de decisiones equivocadas.
Una de las reclusas más divertidas y deslenguadas es Nicky Nichols, heroinómana rehabilitada, más o menos, que en la escena que aquí os dejo hace una curiosa y arriesgada interpretación del mito de Ícaro

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Recordad que habíamos dejado el laberinto de Cnosos vacío tras la muerte del Minotauro a manos de Teseo. El caso es que Minos, encolerizado por que alguien hubiera conseguido escapar del laberinto, dirigió sus iras contra Dédalo, su arquitecto y lo encerró en él junto a su hijo, Ícaro. Sin embargo, Dédalo era un hombre de recursos y fabricó con cera y plumas unas alas para él y para Ícaro. Ambos escaparon volando de su cárcel y Dédalo consiguió ponerse a salvo. Sin embargo, Ícaro, orgulloso, no hizo caso de los consejos que le había dado su padre y se empeñó en volar demasiado cerca del sol, por lo que la cera se derritió y se precipitó al mar. En la mitología y la literatura griega una de los peores errores que se puede cometer es el de ser soberbio -‘hybris’, decían los griegos-.
También los videojuegos se han hecho eco de este mito. Y para muestra, el botón del que David Morán -¡gracias!- nos habló el curso pasado en Cultura Clásica, la misión Dédalo e hijo de Red Dead Redemption:



Valete omnes!

viernes, 22 de septiembre de 2017

UNA BIBLIOTECA EN LA QUE PERDERSE: EL LABERINTO DEL MINOTAURO



En lo más oscuro de la Edad Media el joven Adso y su maestro Guillermo de Baskerville llegan a una abadía de Italia, cuyo nombre prefieren no mencionar, con la intención de participar en un debate intelectual sobre el camino que ha de tomar la Iglesia. Nada más llegar, el sagaz Guillermo recibe del abad el encargo de hallar al culpable de la oleada de terribles crímenes que parecen anunciar el Apocalipsis pero pronto se muestran relacionados con un peligroso libro. Y es que, las más de las veces, amigos míos, el saber resulta de lo más peligroso.
Tal es el argumento de una novela titulada El nombre de la rosa de Umberto Eco y de una magnífica película homónima de 1986 que, dirigida por Jean-Jacques Annaud, viene a contradecir aquello de “el libro es siempre mejor que la película”.
Aquí os traigo un pequeño adelanto de la película. Nuestra particular pareja de detectives ha conseguido, por fin, burlar la vigilancia del bibliotecario y acceder a la zona prohibida de la biblioteca que resulta ser, ¡oh, sorpresa!, un laberinto de lo más endemoniado. Un leve despiste de Adso lo lleva a separarse un momento de su maestro. El reencuentro es más que difícil y también hallar la salida. Sin embargo, una imaginativa maniobra de Adso facilita mucho las cosas y, casi al final del clip, Guillermo lo felicita con las siguientes palabras: “Muy bien, muchacho. Tu educación clásica nos viene de perlas”.

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¿A qué se refiere fray Guillermo? Se refiere, por supuesto, a uno de los episodios más célebres de la mitología clásica, incluido en el ciclo cretense y referido al laberinto de Cnossos. Cuenta el mito que habitaba en dicho laberinto el Minotauro, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro nacido del amor contra naturam de Pasífae, esposa de Minos, rey de Creta, y un toro de singular belleza enviado por Posidón. Minos, avergonzado de tal ser, hizo que Dédalo, arquitecto de gran renombre, construyera un laberinto inextricable en el que lo encerró. A tal monstruo debían rendir un tributo humano los atenienses, en pago por una derrota bélica. Cada año, o cada nueve años, según las versiones, los atenienses debían enviar a Cnossos siete muchachos y siete muchachas para alimentar a la bestia. Teseo, héroe ateniense, hijo del rey Egeo, se las ingenió para ser incluido en el grupo e intentar así acabar con el monstruo. A su llegada a Creta, se enamoró de él Ariadna, hija de Minos. Esta le dio un ovillo de hilo que debía ayudarle a no perderse en el laberinto. A cambio, Teseo debía casarse con ella y sacarla de Creta. Teseo logró dar muerte al Minotauro –tan solo con sus puños, según el mito- mas en el viaje de vuelta a Atenas, abandonó a Ariadna en la isla de Naxos. Allí esta se habría casado posteriormente con el dios Dioniso.
A su regreso a Atenas, Teseo olvidó cambiar el juego de velas negras que llevaba por otras blancas, que habían de indicarle a su padre, el rey Egeo, que su misión había tenido éxito, según un sistema de señales convenido antes de la partida. Egeo, que vigilaba la costa, creyó al ver las velas negras que su hijo había muerto y se suicidó tirándose al mar que desde entonces se conoce como Egeo.

LOS ORÍGENES DE ROMA: HOMO HOMINI LUPUS



Bemidji, Minnesota (EE.UU). Un frío que corta la respiración y un asesino a sueldo incapaz de empatía alguna que se ve obligado a detenerse en tan anodino pueblo por un accidente casual. Tal es el punto de partida de Fargo, una magnífica serie que no deberíais perderos; no solo por su calidad, sino porque, como buena parte de la ficción televisiva contemporánea, incluye alguna que otra referencia al mundo clásico. Aquí os dejo un pequeño botón de muestra.

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Al volante, Malvo, nuestro asesino a sueldo. De pasajero, un más que angustiado “Griego”. Y un diálogo más que significativo que plantea interesantes cuestiones:
1. ¿A qué se refiere Malvo con su metáfora de los romanos como lobos?
2. ¿A qué autor latino debemos la máxima que da título a esta entrada y que se puede traducir como “el hombre es un lobo para el hombre”? ¿Qué filósofo la popularizó muchos siglos después?
3. ¿A qué se refiere “el Griego” al aludir a la condición cristiana de san Lorenzo para explicar su martirio?
                                                          

1. Empecemos, como es preceptivo, por el principio. Y los principios se pierden en la nebulosa de los tiempos, en la misma guerra de Troya o, incluso, más atrás. Cuenta la leyenda que, enfadada por no haber sido invitada a las fastuosas bodas de Tetis y Peleo, Eris, la Discordia, lanzó una manzana en mitad del banquete que debía ir a parar a la diosa más bella: Hera, Atenea o Afrodita. De ahí la expresión “la manzana de la discordia”. Eligieron estas como juez a Paris, príncipe troyano. No fue aquel, sin embargo, un juicio del todo limpio, pues cada una ofreció al troyano un soborno para ser la elegida. Se decantó Paris por Afrodita, que le había ofrecido el amor incondicional de la mujer más bella que había sobre la faz de la tierra, Helena, por entonces esposa del rey espartano Menelao. Enamorado Paris de Helena y esta de Paris, huyeron ambos a Troya para escarnio de Menelao, que acudió a su hermano Agamenón, rey de Micenas, en busca de venganza.
Reunieron ambos hermanos un gran ejército de griegos –entre los que se encontraban Aquiles y Odiseo- y durante diez largos años lucharon a los pies de Troya, gran ciudad amurallada. Fue en vano. Troya era inexpugnable. Lo fue, al menos, hasta que Odiseo, héroe de muchos recursos, ideó un plan genial. Engañarían a los troyanos haciéndoles creer que se habían retirado y marchado a Grecia y dejarían como única huella un enorme caballo de madera en cuyo interior se esconderían los mejores guerreros griegos. Los troyanos, pese a las advertencias de Casandra y de Laoconte –“temo a los griegos, incluso cuando traen regalos”-, cayeron en la trampa y por la noche salieron los griegos del interior del caballo y pasaron a sangre y a fuego la ciudad de Troya, que durante diez años había resistido a una guerra abierta a la luz del día. 


Sin embargo, uno de los príncipes troyanos, Eneas, consiguió escapar gracias a la advertencia de la sombra del difunto Héctor, que se le apareció en sueños para advertirle del peligro y encomendarle la fundación de una nueva Troya –he aquí la futura Roma-. Escapó Eneas de Troya junto con su padre Anquises, su hijo Ascanio –también llamado Iulo- y su mujer Creusa, a la que perdió en la confusión de la noche. Tras múltiples aventuras y desventuras por el Mediterráneo –entre ellas sus amoríos en Cartago con la reina Dido-, llegó Eneas a la Península Itálica, a la región del Lacio, regida por el rey Latino, con cuya hija Lavinia terminó por casarse tras derrotar a los rútulos. Ambos fundaron una ciudad de nombre Lavinio, de la que partió Ascanio para fundar Alba Longa.
Tras varias generaciones, llegaron al trono de Alba Longa dos hermanos, Numítor y Amulio. Pero Amulio aspiraba a gobernar en solitario y desterró a su hermano y mató a toda su descendencia. ¿A toda? ¡No! Deja con vida a Rea Silvia, que, como vestal, estaba obligada a permanecer virgen y, en consecuencia, no tendría descendencia. Pero hete aquí que un día, mientras Rea Silvia dormía en un bosque, el dios Marte se enamoró de ella, la violó y la dejó encinta.
Rea Silvia tuvo a dos hermanos, Rómulo y Remo, noticia que encolerizó a Amulio, que hizo que los abandonaran en el río para que se ahogaran. Sin embargo, la cesta en la que fueron abandonados encalló en un recodo, donde los recogió una loba que los crio como propios. Las malas lenguas dicen que no hubo tal loba sino una prostituta –de ahí, lo de “loba”- de nombre Acca Laurentia. 


Cuando crecieron, Rómulo y Remo averiguaron su verdadero origen y retornaron a Alba Longa, donde derrotaron a Amulio, restituyeron a Numítor en el trono y marcharon para fundar una nueva ciudad en el lugar donde el cesto encalló milagrosamente. ¿Cómo llamar, sin embargo, a la nueva ciudad? ¿Quién había de decidir el nombre? Ambos hermanos acordaron, una vez fijados sus límites, que aquel que viera más aves sería el responsable de “bautizar” la nueva ciudad. Venció Rómulo y Remo, encolerizado por su derrota, traspasó con intencion hostil los límites previamente fijados, de modo que Rómulo le dio muerte. ¡He aquí Roma! Según Tito Livio, historiador romano del s. I a. C.- I d. C., dicha fundación tuvo lugar en el 753 a. C., fecha que adoptaron los romanos para datar: “tantos años ab urbe condita” (= tantos años desde la fundación de la ciudad).
Resta, pues, dar respuesta a las preguntas 2. y 3. y esa es, amigos míos, vuestra tarea para el próximo día. ¡A ello!