miércoles, 13 de abril de 2016

LA COMEDIA LATINA: PALLIATA



Con algo de retraso pero con el espectáculo de ayer aún reciente, tratamos la comedia latina, un claro ejemplo de que en cuestión de Literatura los romanos no fueron muy originales. En efecto, Horacio, uno de los más grandes poetas latinos (s. I a. C.), escribió Graecia capta ferum victorem cepit, que estoy segura de que habréis traducido correctamente como “la Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor”. Se refiere el poeta a que cuando los romanos iniciaron sus campañas de conquistas y se hicieron con la Magna Grecia, las colonias que Grecia tenía en la península Itálica, así como cuando Grecia pasó a ser una provincia más de la República Romana (146 a. C.), no se produjo el característico proceso por el que el vencedor le impone su cultura al vencido. Se produjo, al revés, un proceso de aculturación inversa, pues los romanos fueron capaces de apreciar la superioridad de la cultura griega y, como veremos el curso que viene, la Literatura Latina bebe siempre de modelos griegos.
Un caso muy característico de esta influencia es el de la comedia latina, cuyos principales representantes son Plauto (s. III-II a. C.) y Terencio (s. II a. C.). Ambos cultivaron un tipo de comedia que recibe el nombre de palliata, que toma su nombre del pallium, el manto que llevaban los actores y que, como todo lo demás en este tipo de representaciones, era de imitación griega.
Los nombres de los personajes eran griegos, las ambientaciones eran griegas, los personajes eran prototipos de la comedia de Menandro, etc. Pensad, si no, en los Gemelos de Plauto. La acción transcurre en Epidamno, una ciudad costera muy al norte de Grecia. Los nombres, Sósicles, Menecmo, Erotia, etc., son griegos.
Por lo que se refiere a la trama, ya habéis tenido la ocasión de leer y ver cómo es intrascendente, se basa en el equívoco y en el enredo, con el único objeto de hacer reír. El humor se logra, asimismo, a través de lo soez y lo procaz, lo escatológico, aunque en el montaje que tuvimos ocasión de disfrutar ayer el recurso principal para lograr comicidad fuera el anacronismo, ese recurso por el que se atribuyen a una época categorías que corresponden a otra.


jueves, 7 de abril de 2016

UNA DE TRAGEDIA GRIEGA: LA ORESTÍA DE ESQUILO



¡Estudiantes! ¡Noctámbulos! ¡Clasicistas todos del Feijoo! Llega, al fin, el día, y el próximo martes por la mañana tendrán lugar las representaciones de Las Euménides de Esquilo y Los Gemelos de Plauto. ¡Recordad! A las 9:45 delante del Scourmont, justo en la esquina que lleva hacia el Arango. Y como nunca se debe ir a torear sin capa, vamos a estudiar algunas peculiaridades de la tragedia griega y la comedia de Plauto, así como de las tramas que se desarrollarán sobre el escenario.
El origen de la tragedia griega está vinculado a representaciones corales religiosas en honor del dios Dioniso y este origen condiciona parcialmente el formato de este género, así como las circunstancias y el objetivo con que se llevaban a escena. Así, Dioniso es el último de los olímpicos, hijo de Zeus y de la mortal Sémele, que fue fulminada por el primero al aparecerse en todo su esplendor. Dioniso terminó naciendo del muslo de su divino padre y es el dios del vino y el éxtasis. Su paralelo romano, Baco, da nombre de hecho, a las bacanales. Dioniso es, pues, el dios de los excesos, así como Apolo es el dios del orden, y las representaciones trágicas fueron un instrumento de la pólis para introducir un elemento irracional, desordenado, en la vida de la ciudad. Hay en las tragedias griegas ejemplos múltiples de incesto, parricidio, filicidio y demás abominaciones y Aristóteles entendió que mediante la contemplación de los sufrimientos del héroe –o heroína-, el espectador se purgaba, se limpiaba de dichas pasiones. Este proceso recibió el nombre de catarsis.
En cuanto a la forma, veréis que en las representaciones tiene un papel destacado un coro que le da la réplica a los actoresno más de dos o tres, con múltiples papeles cada uno, debidamente caracterizados con máscaras- o bien interviene para cantar con rotundidad alguna sentencia lapidaria.
La tragedia que veremos el próximo martes es Euménides, la pieza final de la Orestía, una trilogía de Esquilo, el primer gran autor trágico griego (s. V a. C.), aquel que, según cuenta la leyenda, murió tras sufrir el impacto de una tortuga caída del cielo... En ella se cierra, al fin, una cadena de crímenes iniciada en los muy remotos tiempos de Tántalo, aquel hombre perverso que se atrevió a servirles a los dioses el cuerpo despedazado de su hijo Pélope. De Tántalo desciende Agamenón, el rey de Micenas que encabezó la guerra contra Troya.
En la primera obra de la trilogía, Agamenón, relata Esquilo cómo la vuelta a casa del rey fue de todo menos tranquila, pues encontró tan solo la muerte a manos de su esposa Clitemnestra y su amante Egisto. No le perdonó aquella que se trajera a casa a la agorera Casandra como concubina y, mucho menos, que diez años antes hubiera sacrificado a la hija de ambos, Ifigenia, para conseguir viento favorable para su expedición. Aquí os dejo un fragmento de La versión Browning, en la que un maduro y un tanto desencantado profesor de lenguas clásicas da una inspirada clase sobre Agamenón ante un grupo de desconcertados alumnos.
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No les fue mucho mejor a los asesinos. “El que la hace la paga” en la tragedia griega. Tal es el argumento de Coéforos, la segunda obra de la trilogía, en la que Orestes, otro hijo de ambos, llega a Micenas para vengar la muerte de su padre, ¿cómo?, matando a su propia madre.
Llegamos así, por fin, a Euménides, que se inicia con la locura de Orestes, dominado por las Erinias –las Furias latinas-, aquellas divinidades ancestrales nacidas de las gotas de sangre que brotaron de la castración de Urano por su hijo Cronos y que, como no podía ser de otra manera, estaban especializadas en la venganza de los crímenes familiares. Por recomendación de Apolo, el dios del orden y la belleza, recordad, acude Orestes a Atenas, donde su caso es juzgado en el tribunal. Los jueces empatan pero Orestes sale absuelto por el voto de Atenea. Las Erinias montan en cólera pero son aplacadas por Atenea, que las convierte en divinidades benéficas, las Euménides del título. Se pone fin así a la cadena de culpas.
Os he desvelado el final, es cierto, pero no me cabe duda de que disfrutaréis igualmente de la lectura de esta versión y tal es lo que debéis hacer este fin de semana. No os llevará mucho tiempo y el martes lo agradeceréis. Así que noctámbulos, leed, leed.

martes, 5 de abril de 2016

¿CÓMO SE LLAMABAN LOS ROMANOS?


Salvete omnes! Tras el parón vacacional que tanto daño parece haber hecho -¡ejem, ejem!- retomamos la actividad con un aspecto de la civilización romana que el otro día llamó vuestra atención, más o menos, cuando traducíamos la carta que Plinio el Joven le escribió a Tácito sobre la erupción del Vesubio.

Los ciudadanos libres se llamaban con tres nombres o tria nomina: praenomen, nomen y cognomen. En efecto, el nombre completo de Julio César era Caius Iulius Caesar y el de otro ciudadano ilustre como Cicerón era Marcus Tullius Cicero. ¿A qué respondían estos tres nombres?

El praenomen era, más o menos, nuestro nombre de pila. Se usaba para diferenciar a un individuo dentro de la gens o familia a la que pertenecía. Se empleaba habitualmente en el registro coloquial y en el ámbito familiar y, como la lista de praenomina posibles era bastante limitada, se empleaba frecuentemente abreviado. Algunos eran Caius, Flavius, Gaius, Lucius, Marcus, Publius, Tiberius...

El nomen era el nombre de la familia a la que pertenecía el individuo. Equivaldría a nuestros apellidos. Julio César, por ejemplo, pertenecía a la gens Iulia, ya sabéis, aquella que, según decían, descendían del mismísimo Iulo o Ascanio.

El cognomen era un apelativo y había referencia a alguna cualidad o característica relevante de la persona. Por ejemplo, Pompeyo era Gnaeus Pompeius Magnus, Gneo Pompeyo el Grande.

Las mujeres, por su parte, solo tenían nomen y cognomen. Su nomen era la forma femenina de la gens en la que habían nacido. El cognomen servía para diferenciar a las diferentes hijas nacidas de un mismo padre. Por ejemplo, Iulia maior, Iulia minor, etc. Pese a todo, debía producirse alguna que otra confusión, como podéis ver en el vídeo que aquí sigue: