miércoles, 24 de febrero de 2016

LOS DIOSES OLÍMPICOS (II): POSEIDÓN



Poco después de prometerse a su novio Larry, Piper Chapman, neoyorquina de bien, ingresa en la prisión de mínima seguridad de Litchfield para cumplir quince meses de condena por un delito de su loca, loca juventud. Pronto descubre que, pese a las aparentemente enormes diferencias con el resto de internas, todas son, en último término, víctimas de sus propios errores y de decisiones equivocadas. Hablamos, claro está, de Orange is the new black, una comedia demoledora cuyas dos primeras temporadas –la tercera, no tanto- no deberíais perderos.
En el clip que podéis ver a continuación asistimos a uno de sus flash-backs característicos, que nos permite ver cómo se conocieron Red y Vee, fieras antagonistas durante la segunda temporada. Cuenta Red cómo organizó una red de contrabando cuyos tentáculos penetran incluso en el penal de Litchfield y cómo, una vez que ella entró en prisión, todo empezó a venirse abajo. Para empezar, ¿cómo un distribuidor de verdura va a llamarse Neptuno?

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Neptuno, Poseidón en su advocación griega, era, en efecto, el dios del mar y su nombre, en consecuencia, era más adecuado para un distribuidor de pescado. Se presentaba habitualmente en carro de caballos, con cola de pez y portando su arma distintiva, el tridente. Con él agita los mares en las tormentas –que se lo digan a Odiseo- y las entrañas de la tierra en los terremotos. Es la personificación de las fuerzas elementales y violentas del mar y los terremotos.
Es el padre de buena parte de las criaturas monstruosas que poblaban los relatos míticos griegos: Pegaso, el caballo alado; Anteo, el gigante; Polifemo, el cíclope, etc.

martes, 23 de febrero de 2016

LOS DIOSES OLÍMPICOS (I): ZEUS



Nueva York, un verano cualquiera de la década de los ’90. Un chiflado amenaza con hacer explotar una bomba si John –Bruce Willis- McLane, detective en horas bajas, no sigue sus instrucciones. Estas pasan por pasearse por Harlem, desnudo, con la única “protección” de un cartel que reza “odio a los negros”. Se salva del linchamiento colectivo gracias a la intervención de Zeus, Samuel L. Jackson, que responde como sigue al error que McLane comete con su nombre.

En efecto, Zeus, Júpiter para los romanos, se identifica habitualmente con el rayo. Fue el gran dios de las tormentas y el ordenador del cielo y la Tierra. Luchó contra su padre Cronos y los titanes para obtener el poder de los cielos y es el principal de los dioses del Olimpo. Desde su trono, armado con el rayo, vela por todo lo que ocurre.
Pasó su infancia en Creta, donde fue escondido por su madre Rea para evitar que fuera devorado por su padre Cronos. Son también muy célebres sus amoríos con otras diosas y humanas. Los celos y vigilancia de su esposa Hera lo obligan a realizar pintorescas transformaciones: toro, cisne, lluvia de oro, etc. De todas estas uniones surgen seres diversos: las Musas (de su unión con Mnemósine, la Memoria), Perséfone (con Deméter), Atenea (con Metis, a la que se tragó, ya embarazada), Hefesto y Ares (con su esposa Hera), etc.

miércoles, 17 de febrero de 2016

ALEJANDRO MAGNO... ¡A LA CONQUISTA DEL MUNDO!



Llevamos insistiendo desde principio de curso en la idea de que “Grecia” fue durante siglos tan solo un constructo cultural y lingüístico, no administrativo. Sin embargo, la independencia de las diferentes póleis, algunas de ellas con un sistema tan participativo y democrático como Atenas, sufrió un fuerte retroceso cuando en el año 338 a. C., el territorio griego fue invadido por Filipo II, rey de Macedonia (vecinos norteños de Grecia). Entonces por vez primera fueron todos los griegos sometidos al gobierno de una sola persona. Contra el rey Filipo dirigió Demóstenes -aquel magnífico orador griego del que el otro día os hablaba, el que se metía guijarros en la boca- sus célebres Filípicas.
Hijo del rey Filipo fue Alejandro Magno, el más grande general de la Antigüedad. Discípulo de Aristóteles -ahí es nada- durante su juventud, mostró desde bien pronto dotes de mando y aspiraciones de conquista, que le permitieron sofocar las revueltas griegas y lo lanzaron a Asia a la guerra contra los persas. En su marcha por Asia llegó incluso hasta la India, escenario mítico y prodigioso para los macedonios. Alejandro gustaba de presentarse como héroe homérico. Guardaba como un tesoro su ejemplar de la Ilíada, cuando visitó Troya por primera vez ofreció un sacrificio sobre las tumbas de diversos héroes y se presentaba como descendiente del mismo Zeus.
En el año 323 a. C. se sintió enfermo de repente en el transcurso de una fiesta, según algunos por un proceso febril, según otros, por haber sido envenenado. Murió al cabo de diez días. Su hazaña más duradera fue la de haber extendido la lengua y las instituciones griegas por el mundo oriental. Las ciudades-estado griegas jamás recobraron la independencia que habían perdido con Filipo.


martes, 2 de febrero de 2016

LA EXPANSIÓN ROMANA (I): LAS GUERRAS PÚNICAS



Veíamos el otro día las transformaciones políticas que supuso el cambio de régimen (de Monarquía a República) y que la política interior republicana estuvo marcada durante siglos por el llamado conflicto patricio-plebeyo. Pues bien, la política exterior romana durante el período republicano fue, sobre todo, una sucesión de campañas bélicas de expansión, primero por la península Itálica y posteriormente por todo el Mediterráneo.
En la lucha por el dominio del Mediterráneo (mare Nostrum, lo llamaban los romanos) los episodios más célebres fueron las guerras púnicas, que enfrentaron a Roma con la muy poderosa Cartago (en el territorio de la actual Túnez). La leyenda justifica la enemistad entre romanos y cartagineses con un móvil más romántico que las razones geoestratégicas: vengar a la reina Dido, que en la bruma de los tiempos fue abandonada por Eneas, cuando partió en busca de una nueva Troya. La reina Dido, nos cuenta Virgilio en la Eneida, no pudo soportar la marcha de su amado y terminó quitándose la vida. Su hermana Ana pronunció ante su pira las siguientes palabras:
“¡Feliz, ay, demasiado feliz si no hubieran jamás naves troyanas arribado a mis playas!”
            (Virgilio, Eneida, IV)
Las guerras púnicas comprenden tres etapas:
-         La Primera Guerra Púnica (s. III a. C.) se desarrolló primero en Sicilia pero llegó posteriormente a Hispania, territorio que se repartieron romanos y cartagineses, dirigidos por Amílcar Barca y después por Asdrúbal. Fue una guerra naval.
-         La Segunda Guerra Púnica (s. III a. C.) es la más conocida, por la expedición de Aníbal contra Roma cruzando los Alpes con elefantes. Aníbal venció a los romanos en cuatro famosas batallas pero fue derrotado en Zama.
-         La Tercera Guerra Púnica (s. II a. C.) tuvo lugar en territorio africano y supuso la destrucción total de Cartago por Escipión. Se cumplía así la voluntad de Catón, que cerraba todas sus intervenciones en el Senado con las palabras Cartago delenda est (“Cartago debe ser destruida”).