lunes, 16 de mayo de 2016

EL IMPERIO (II): LA FAMILIA JULIO-CLAUDIA



El principado de Augusto trajo consigo el silencio del Foro y el fin de las libertades que habían caracterizado a la República. Es más, Augusto fue el primero de una serie de emperadores, los de la dinastía Julio-Claudia, que, con la excepción, quizá, de Claudio, actuaron de manera despótica, caprichosa y cruel. Tenemos noticia de buena parte de sus excentricidades gracias a Suetonio, el historiador romano, que en sus Vidas de los doce Césares, concede mucho espacio al cotilleo y la anécdota escabrosa.
Nos habla, por ejemplo, de las prácticas pederastas de Tiberio, el emperador que conquistó Germania, que se refería a los tiernos infantes de los que abusaba como “pececillos”.
De Calígula nos cuenta que alimentaba a los animales de los espectáculos circenses con criminales y que nombró cónsul a su caballo preferido, Incitatus.
Ni siquiera Claudio, emperador más prudente y erudito, y responsable de sonados triunfos en Britania, se libró de su maledicente pluma y aparece descrito como inválido, tartamudo, digno del desprecio de su familia y extravagante. Por cierto que su muerte, resultado de la ingesta de setas envenenadas en una maniobra orquestada por Agripina, la madre de Nerón, es uno de los episodios más célebres de la Historia de Roma.
Llegamos así a Nerón, último de la dinastía. Fue en sus comienzos, aconsejado por Séneca, un emperador comedido. Sin embargo, se volvió con el tiempo tan excéntrico como brutal. El cine lo ha inmortalizado con la cara de Peter Ustinov en la película Quo vadis? Aquí os dejo un clip de la misma, en la que comparte plano con Petronio, enigmático autor del Satiricón, sobre el que os hablaré, quizá, en otra ocasión. 


Atended, por favor, a su identificación -la de Nerón- con un dios olímpico y a su alusión a los rumores que lo presentan como matricida y uxoricida. Con estos dos términos se relaciona vuestra tarea de hoy, que no es otra que descubrir su significado, su etimología -¡hablamos latín! ejem, ejem- y por qué fue acusado Nerón de tales abominaciones.
Buscad, buscad, noctámbulos, porque el que antes responda en forma de comentario tiene premio, un ejemplar de Los césares de Allan Massie, donde, ya bajo la sombrilla y a la orilla del mar, podrá leer sobre otras excentricidades de los emperadores romanos.


EL IMPERIO ROMANO (I): AUGUSTO



Si hacéis memoria, recordaréis, espero, que la Historia de Roma podía dividirse en tres grandes períodos determinados por el régimen político:

MONARQUÍA
(753 a.C.-509 a.C)

REPÚBLICA
(509 a.C.-27 a.C.)
IMPERIO
(27 a. C.-476 d. C.)

En los trimestres anteriores estudiamos las características definitorias de Monarquía (‘gobierno de uno solo’) y República (‘la cosa pública’) y nos resta, para acabar el curso, tratar del Imperio.
En el 27 a. C. Octavio, flamante vencedor de la batalla de Accio, recibió del Senado los títulos de augustus (‘majestuoso’, ‘venerable’) y princeps (‘el primero del Senado’) y se alteró notablemente el equilibrio de poderes del período republicano. Se mantuvieron el Senado y las magistraturas republicanas pero como mera fachada. Recordad que para los romanos todo lo que oliera a acumulación de poderes por parte de una sola persona recordaba a la monarquía y resultaba odioso. Así que Augusto mantuvo las instituciones republicanas pero las vació de poder.
Así, creó dos nuevos órganos administrativos que dependían directamente de él: el Consejo del príncipe, que con el tiempo llegó a suplantar a los senadores, y el alto funcionariado, dotado de poder ejecutivo.
Se rodeó, además, de una guardia personal, la guardia pretoriana, y de cohortes urbanas, cuyo objetivo era mantener el orden en la ciudad.
El ‘reinado’ de Augusto supuso, pues, una considerable pérdida de libertades, aunque también se logró una relativa calma interna y externa. Por ello suele hablarse de la pax augusta. Esta calma vino acompañada del embellecimiento de Roma con templos, basílicas y pórticos y Augusto se rodeó, además, de un grupo de literatos –los principales autores clásicos- que, bajo la protección de su amigo Mecenas, se dedicaron a engrandecer el nombre de Roma y del propio Augusto: Virgilio, Propercio, Horacio... De este Mecenas toma su nombre la designación que en nuestra lengua se da a todo protector de las artes.

sábado, 14 de mayo de 2016

ALCESTIS Y ADMETO



Terminamos, noctámbulos, nuestro periplo por el Infierno, con la peculiar historia de Alcestis y Admeto. Cuenta el mito que, tras lograr Admeto la mano de Alcestis, no hizo el preceptivo sacrificio de agradecimiento a Ártemis y esta, encolerizada, llenó de serpientes la habitación nupcial. Apolo prometió aplacar a su hermana y le concedió, además, a Admeto, el privilegio de que no muriese el día designado por los Hados, siempre que encontrara alguien que muriese en su lugar.
Cuenta Eurípides en su drama satírico Alcestis que Admeto intentó en vano que un mendigo o sus ancianos padres murieran en su lugar. Solo Alcestis, su amante esposa, consintió en descender al Hades en su lugar. Sucedió, no obstante, que visitó entonces Heracles el palacio de Admeto y al advertir las señales de duelo y averiguar lo ocurrido con Alcestis, descendió a los infiernos y regresó con ella, más hermsa que nunca. Según otra versión, habría sido la misma Perséfone quien, admirada del sacrificio de la joven, la devolvió espontáneamente a la luz.

viernes, 13 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA INFERNAL II: ORFEO Y EURÍDICE



Continuamos con nuestro viaje –por suerte, virtual- por el inframundo grecolatino, con una de las más célebres historias de amor de la Antigüedad que, cómo no, lo es también de muerte. Es la historia de Orfeo y Eurídice y del intento desesperado del primero por rescatar a la segunda.
Era Orfeo un poeta tracio, hijo de la musa Calíope, que con su música y su canto amansaba a las más salvajes fieras. Cuentan Virgilio y Ovidio que un día, su esposa Eurídice, una bella ninfa, corría para escapar del acoso de un sátiro y pisó por accidente a una serpiente que, encolerizada, la mordió. Murió Eurídice antes de tiempo y su esposo Orfeo, armado tan solo con su lira y con su voz, descendió a los Infiernos empeñado en recuperarla.
Se encontró Orfeo a Caronte, el viejo y tacaño barquero, y tan solo con su música, sin pagar peaje alguno, lo convenció para que lo llevara al otro lado de la laguna Estigia. Allí lo esperaba el horroroso Cerbero, el perro de Hades, que vigilaba la entrada y, sobre todo, la salida de los Infiernos. Tenía tres cabezas de perro, su cola era una venenosísima serpiente y salpicaban su dorso innumerables cabezas de reptil. Orfeo solo necesitó unos pocos tañidos de su lira para volver a Cerbero tan manso e inofensivo como un caniche. Se dirigió entonces al palacio de Hades y Perséfone –era invierno por entonces y la hija de Deméter cumplía con sus obligaciones como esposa- y, a su paso, todas las almas que en el Infierno penaban se olvidaban por un momento de sus tormentos y creían haber alcanzado, al fin, la paz. Convenció, por último, con su canto al inconmovible matrimonio infernal, a Hades y Perséfone, que, hechizados por él, o tal vez no, impusieron tan solo una condición al regreso de Eurídice: esta podría volver con Orfeo al mundo de los vivos, si y solo si él marchaba en cabeza todo el camino y no se volvía a mirar a su esposa hasta que ambos estuvieran a salvo bajo la luz del sol. Extraña condición, es cierto, y muy difícil de cumplir. Pues ¿cómo podría Orfeo estar seguro de que su esposa lo seguía de veras y de que no había sido burlado por el malvado Hades?
En cualquier caso, aceptó. Al fin y al cabo, nadie dijo que los dioses les pusieran las cosas fáciles a los mortales. Ambos se pusieron en marcha según lo convenido. Él en cabeza, cantando y tocando alegremente, pues volvían por fin a casa, y ella a su espalda, unos cuantos pasos por detrás. En el último momento, sin embargo, Orfeo comenzó a temer: ¿tan grande era el poder de su lira? ¿no estarían Hades y Perséfone riéndose a su costa y Eurídice aún sufriendo los tormentos infernales? Y cuando ya empezaba a vislumbrarse la luz y a punto estaban los enamorados de demostrar que el amor, como dijo Quevedo, es, en efecto, más poderoso que la muerte, Orfeo se olvidó de la prohibición, se volvió para mirar a Eurídice y esta se desvaneció al momento para siempre. 
Triste, ¿verdad? Pues aún empeora. Orfeo no se recuperó jamás de la pérdida y vagó hasta el fin de sus días como un alma en pena, fiel a la memoria de su esposa. De hecho, un grupo de ménades o mujeres furiosas le dieron muerte, celosas del fantasma de Eurídice. Le cortaron la cabeza, despedazaron su cadáver y arrojaron los trozos al río. Las Musas recogieron sus pedazos y los enterraron al pie del monte Olimpo. Cuentan que, desde entonces, los ruiseñores cantan allí más dulcemente que en ningún otro lugar. Y este fue el trágico final de Orfeo, el poeta enamorado que desafió a la muerte. ¿Esperabais un final feliz? De veras lo siento. Nadie dijo que la vida fuera justa. Tan solo es más justa que la muerte... a veces.

martes, 10 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA INFERNAL (I): EL RAPTO DE PERSÉFONE

Hablábamos el otro día de Asclepio y de su sorprendente talento para traer de vuelta a los muertos y lo cierto es que apenas hemos hablado nada de los Infiernos y su particular geografía. Sí habíamos mencionado, creo, que los Infiernos no tienen la connotación negativa que tienen para nosotros por obra y gracia de la tradición cristiana. Me explico. Resultaban temibles porque allí habitaba Hades, el dios de los muertos, y porque, como ahora, la muerte no era una perspectiva muy atractiva. Sin embargo, en los Infiernos estaban tanto los justos como los malvados. Infierno significaba, simplemente, “lo que está debajo”.
Dos de los mitos más célebres relacionados con el inframundo son el rapto de Perséfone y la trágica historia de Orfeo y Eurídice. Vamos hoy con el primero.
Hades, el Plutón latino, recibía también el nombre eufemístico del “invisible” por parte de aquellos que temían atraerlo, al pronunciar su nombre. Reinaba sobre los muertos de manera cruel y despiadada junto con su esposa Perséfone, la Proserpina de los latinos. Hubo un tiempo, sin embargo, en que Perséfone habitaba entre los vivos como una alegre muchacha. Tan alegre era, de hecho, que su malvado tío Hades -¡sí, su tío!- se enamoró de ella y la raptó para que reinara junto a él en los Infiernos. Su madre Deméter, diosa de la tierra, los cereales y la agricultura, la buscó en vano durante nueve días, mas, al llegar el décimo, escuchó el rumor de que Perséfone había sido raptada por Hades. Decidió entonces, furiosa, no regresar al Olimpo. Adoptó la forma de una anciana y se sentó en una piedra a lamentarse. En su ausencia, la tierra dejó de dar fruto y los hombres y animales comenzaron a morir de hambre. Ese habría sido ciertamente nuestro final, si no hubieran intervenido los dioses.
Zeus envió a Hermes, su mensajero, en busca de Deméter, pero ella se negó a retomar sus labores si no recuperaba a su hija. Acudió entonces Hermes al Infierno y allí intentó que Hades devolviera a la muchacha. Sin embargo, tan malvado como astuto, Hades se las ingenió para que la muchacha comiera unos granos de granada. ¿Y qué? Me diréis. Resulta que, según una ley ancestral, todo aquel que hubiera probado la comida del inframundo, debía permanecer para siempre junto a los muertos. Perséfone estaba, pues, condenada. Y con ella la raza humana, pues ¿de qué se iban a alimentar los hombres si Deméter no permitía que las semillas germinasen? Se llegó entonces al salomónico acuerdo de que Perséfone pasara la mitad del año en la tierra y la otra mitad en los Infiernos. Pero esto vosotros ya lo sabéis, porque, cuando Perséfone se reúne con su madre en las estaciones que llamamos Primavera y Verano, todo cobra vida. Cuando, al contrario, es arrebatada de nuevo a los Infiernos junto a su esposo Hades, las hojas caen y el suelo se vuelve estéril. Se trata, claro está, del Otoño y el Invierno.
Este mito, que da explicación de la sucesión de las estaciones, es lo que se denomina mito etiológico, pues da cuenta de las causas (< αἰτία, “causa”).
En la próxima entrega nos ocuparemos de Orfeo y Eurídice pero no me resisto a dejar aquí un magnífico clip extraído de El sentido de la vida de los Monty Python, sobre lo que ocurre cuando la Muerte, “la de la guadaña”, se junta con los vivos. ¡Todo el mundo a reír!

miércoles, 13 de abril de 2016

LA COMEDIA LATINA: PALLIATA



Con algo de retraso pero con el espectáculo de ayer aún reciente, tratamos la comedia latina, un claro ejemplo de que en cuestión de Literatura los romanos no fueron muy originales. En efecto, Horacio, uno de los más grandes poetas latinos (s. I a. C.), escribió Graecia capta ferum victorem cepit, que estoy segura de que habréis traducido correctamente como “la Grecia conquistada conquistó al fiero vencedor”. Se refiere el poeta a que cuando los romanos iniciaron sus campañas de conquistas y se hicieron con la Magna Grecia, las colonias que Grecia tenía en la península Itálica, así como cuando Grecia pasó a ser una provincia más de la República Romana (146 a. C.), no se produjo el característico proceso por el que el vencedor le impone su cultura al vencido. Se produjo, al revés, un proceso de aculturación inversa, pues los romanos fueron capaces de apreciar la superioridad de la cultura griega y, como veremos el curso que viene, la Literatura Latina bebe siempre de modelos griegos.
Un caso muy característico de esta influencia es el de la comedia latina, cuyos principales representantes son Plauto (s. III-II a. C.) y Terencio (s. II a. C.). Ambos cultivaron un tipo de comedia que recibe el nombre de palliata, que toma su nombre del pallium, el manto que llevaban los actores y que, como todo lo demás en este tipo de representaciones, era de imitación griega.
Los nombres de los personajes eran griegos, las ambientaciones eran griegas, los personajes eran prototipos de la comedia de Menandro, etc. Pensad, si no, en los Gemelos de Plauto. La acción transcurre en Epidamno, una ciudad costera muy al norte de Grecia. Los nombres, Sósicles, Menecmo, Erotia, etc., son griegos.
Por lo que se refiere a la trama, ya habéis tenido la ocasión de leer y ver cómo es intrascendente, se basa en el equívoco y en el enredo, con el único objeto de hacer reír. El humor se logra, asimismo, a través de lo soez y lo procaz, lo escatológico, aunque en el montaje que tuvimos ocasión de disfrutar ayer el recurso principal para lograr comicidad fuera el anacronismo, ese recurso por el que se atribuyen a una época categorías que corresponden a otra.


jueves, 7 de abril de 2016

UNA DE TRAGEDIA GRIEGA: LA ORESTÍA DE ESQUILO



¡Estudiantes! ¡Noctámbulos! ¡Clasicistas todos del Feijoo! Llega, al fin, el día, y el próximo martes por la mañana tendrán lugar las representaciones de Las Euménides de Esquilo y Los Gemelos de Plauto. ¡Recordad! A las 9:45 delante del Scourmont, justo en la esquina que lleva hacia el Arango. Y como nunca se debe ir a torear sin capa, vamos a estudiar algunas peculiaridades de la tragedia griega y la comedia de Plauto, así como de las tramas que se desarrollarán sobre el escenario.
El origen de la tragedia griega está vinculado a representaciones corales religiosas en honor del dios Dioniso y este origen condiciona parcialmente el formato de este género, así como las circunstancias y el objetivo con que se llevaban a escena. Así, Dioniso es el último de los olímpicos, hijo de Zeus y de la mortal Sémele, que fue fulminada por el primero al aparecerse en todo su esplendor. Dioniso terminó naciendo del muslo de su divino padre y es el dios del vino y el éxtasis. Su paralelo romano, Baco, da nombre de hecho, a las bacanales. Dioniso es, pues, el dios de los excesos, así como Apolo es el dios del orden, y las representaciones trágicas fueron un instrumento de la pólis para introducir un elemento irracional, desordenado, en la vida de la ciudad. Hay en las tragedias griegas ejemplos múltiples de incesto, parricidio, filicidio y demás abominaciones y Aristóteles entendió que mediante la contemplación de los sufrimientos del héroe –o heroína-, el espectador se purgaba, se limpiaba de dichas pasiones. Este proceso recibió el nombre de catarsis.
En cuanto a la forma, veréis que en las representaciones tiene un papel destacado un coro que le da la réplica a los actoresno más de dos o tres, con múltiples papeles cada uno, debidamente caracterizados con máscaras- o bien interviene para cantar con rotundidad alguna sentencia lapidaria.
La tragedia que veremos el próximo martes es Euménides, la pieza final de la Orestía, una trilogía de Esquilo, el primer gran autor trágico griego (s. V a. C.), aquel que, según cuenta la leyenda, murió tras sufrir el impacto de una tortuga caída del cielo... En ella se cierra, al fin, una cadena de crímenes iniciada en los muy remotos tiempos de Tántalo, aquel hombre perverso que se atrevió a servirles a los dioses el cuerpo despedazado de su hijo Pélope. De Tántalo desciende Agamenón, el rey de Micenas que encabezó la guerra contra Troya.
En la primera obra de la trilogía, Agamenón, relata Esquilo cómo la vuelta a casa del rey fue de todo menos tranquila, pues encontró tan solo la muerte a manos de su esposa Clitemnestra y su amante Egisto. No le perdonó aquella que se trajera a casa a la agorera Casandra como concubina y, mucho menos, que diez años antes hubiera sacrificado a la hija de ambos, Ifigenia, para conseguir viento favorable para su expedición. Aquí os dejo un fragmento de La versión Browning, en la que un maduro y un tanto desencantado profesor de lenguas clásicas da una inspirada clase sobre Agamenón ante un grupo de desconcertados alumnos.
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No les fue mucho mejor a los asesinos. “El que la hace la paga” en la tragedia griega. Tal es el argumento de Coéforos, la segunda obra de la trilogía, en la que Orestes, otro hijo de ambos, llega a Micenas para vengar la muerte de su padre, ¿cómo?, matando a su propia madre.
Llegamos así, por fin, a Euménides, que se inicia con la locura de Orestes, dominado por las Erinias –las Furias latinas-, aquellas divinidades ancestrales nacidas de las gotas de sangre que brotaron de la castración de Urano por su hijo Cronos y que, como no podía ser de otra manera, estaban especializadas en la venganza de los crímenes familiares. Por recomendación de Apolo, el dios del orden y la belleza, recordad, acude Orestes a Atenas, donde su caso es juzgado en el tribunal. Los jueces empatan pero Orestes sale absuelto por el voto de Atenea. Las Erinias montan en cólera pero son aplacadas por Atenea, que las convierte en divinidades benéficas, las Euménides del título. Se pone fin así a la cadena de culpas.
Os he desvelado el final, es cierto, pero no me cabe duda de que disfrutaréis igualmente de la lectura de esta versión y tal es lo que debéis hacer este fin de semana. No os llevará mucho tiempo y el martes lo agradeceréis. Así que noctámbulos, leed, leed.

martes, 5 de abril de 2016

¿CÓMO SE LLAMABAN LOS ROMANOS?


Salvete omnes! Tras el parón vacacional que tanto daño parece haber hecho -¡ejem, ejem!- retomamos la actividad con un aspecto de la civilización romana que el otro día llamó vuestra atención, más o menos, cuando traducíamos la carta que Plinio el Joven le escribió a Tácito sobre la erupción del Vesubio.

Los ciudadanos libres se llamaban con tres nombres o tria nomina: praenomen, nomen y cognomen. En efecto, el nombre completo de Julio César era Caius Iulius Caesar y el de otro ciudadano ilustre como Cicerón era Marcus Tullius Cicero. ¿A qué respondían estos tres nombres?

El praenomen era, más o menos, nuestro nombre de pila. Se usaba para diferenciar a un individuo dentro de la gens o familia a la que pertenecía. Se empleaba habitualmente en el registro coloquial y en el ámbito familiar y, como la lista de praenomina posibles era bastante limitada, se empleaba frecuentemente abreviado. Algunos eran Caius, Flavius, Gaius, Lucius, Marcus, Publius, Tiberius...

El nomen era el nombre de la familia a la que pertenecía el individuo. Equivaldría a nuestros apellidos. Julio César, por ejemplo, pertenecía a la gens Iulia, ya sabéis, aquella que, según decían, descendían del mismísimo Iulo o Ascanio.

El cognomen era un apelativo y había referencia a alguna cualidad o característica relevante de la persona. Por ejemplo, Pompeyo era Gnaeus Pompeius Magnus, Gneo Pompeyo el Grande.

Las mujeres, por su parte, solo tenían nomen y cognomen. Su nomen era la forma femenina de la gens en la que habían nacido. El cognomen servía para diferenciar a las diferentes hijas nacidas de un mismo padre. Por ejemplo, Iulia maior, Iulia minor, etc. Pese a todo, debía producirse alguna que otra confusión, como podéis ver en el vídeo que aquí sigue:

 


lunes, 7 de marzo de 2016

LA ERUPCIÓN DEL VESUBIO (I)



Uno de los episodios de la Historia de Roma con mayor presencia en el imaginario popular es el de la erupción del Vesubio, que trajo consigo la destrucción de Pompeya y Herculano. Dicha erupción tuvo lugar el 24 de agosto del año 79 d. C. y nuestra principal fuente para el conocimiento de lo ocurrido es el testimonio de primera mano de Plinio el Joven, que le relató lo sucedido al historiador Tácito en una carta (6, 16). En ella cuenta cómo su tío, Plinio el Viejo, intrigado por la columna de humo que ascendía por encima de las montañas cercanas, salió a investigar en una embarcación ligera, dictó sus observaciones, terminó por marchar a la playa al día siguiente con una almohadilla en la cabeza para protegerse de los restos de rocas que caían y acabó muriendo asfixiado por los vapores.
Si queréis saber más detalles, aquí os dejo una versión adaptada de dicha carta, por supuesto, en latín, para que la traduzcáis durante las vacaciones de Semana Santa:

C. Plinius Tacito salutem plurimam dicit:
In urbe Miseno eramus, [ubi avunculus meus classem regebat]. Paucis diebus ante motus terrae crebros in regione Campania, senseramus. Sed ante diem IX Kal. Sep. hora fere septima nubem magnitudine inusitata vidimus; nubes e monte Vesuvio surgebat et simillima forma pino erat. Avunculus meus, vir doctissimus, navem petivit, [quod magnam rem cognoscere atque videre e proximo loco cupiebat]. Avunculus properat illuc [unde alii fugiunt]. Iam cinis, densior calidiorque, navi incidebat; mox cadebant nigri pumices et parvi lapides. Sed avunculus navis gubernatorem incitabat: “Fortes fortuna iuvat”. Interim e monte multis locis latissimae altissimaeque flammae relucebant.
Nos autem prima diei hora Miseno excedere statuimus. Vndique audiebamus feminarum atque infantium questus, virorum clamores; multi liberos, parentes aut coniuges requirebant atque manus ad deos tollebant. Tandem obscuritas disparuit: sol rursus luxit. Misenum revenimus et tristissimam rem accipimus: avunculi mei mortem.




Léxico
accipio, -is, -ere, accepi, acceptum: recibir
ad (prep. + acus.): hacia
alius, -a, -ud (pron. indefinido): otro
altus, -a, -um: alto
ante1 (adv.) // ante2 (prep.+acus.): antes, antes de
audio, -is, -ire, -ivi, -itum: oír
autem: a su vez
avunculus, -i (sust. masc.): tío
C. = Caius, -ii (sust. masc.): Cayo
cado, -is, -ere, cecidi, casum: caer
calidus, -a, -um: ardiente
Campania, -ae (sust. fem.): Campania
cinis, -is (sust. fem.): ceniza
clamor, -oris (sust. masc.): grito
classis, -is (sust. fem.): flota
creber, crebra, crebrum: frecuente, reiterado
cognoscere = infinitivo de cognosco
cognosco, -is, -ere, cognovi, cognitum: conocer
coniunx, -ugis (sust. masc. y fem.): esposo, -a
cupio, -is, -ire, -ivi, itum: desear
densus, -a, -um: denso, espeso
deus, -i (sust. masc.): dios
dico, -is, -ere, dixi, dictum: decir
dies, -ei (sust. masc.): día
dispareo, -es, -ere, -ui: desaparecer
doctus, -a, -um: cultivado, instruido
e (prep. + abl.): de, desde
excedere = infinitivo de pres. de excedo, -is, -ere, excessi, excessum: salir, escapar
femina, -ae (sust. fem.): mujer
fere (adv.): casi
flamma, -ae (sust. fem.): llama
forma, -ae (sust. fem.): figura, forma
fortis, -e: valiente, esforzado
Fortuna, -ae (sust. fem.): Fortuna
fugio, -is, -ere, fugi...: huir
gubernator, -oris (sust. masc.): timonel
hora, -ae (sust. fem.): hora
iam (adv.): ya
illuc (adv.): allí
in (prep.+abl.): en
incido, -is, -ere, incidi: caer
incito, -as, -are, -avi, -atum: exhortar, animar
infans, -ntis (sust. masc.): niño
interim (adv.): entre tanto
iuvo, -as, -are, -avi, -atum: ayudar
kal. = kalendae, -arum (sust. fem.): primer día del mes
lapis, -idis (sust. masc.): piedra
latus, -a, -um: ancho
liberi, -orum (sust. masc.): hijo
locus, -i (sust. masc.): lugar
luceo, -es, -ere, -luxi: lucir, brillar
manus, -us (sust. fem.): mano
meus, -a, -um (pron. posesivo): mío
Misenum, -i (sust. neutr.): Miseno (cabo)
mons, -ntis (sust. masc.): monte
mors, -rtis (sust. fem.): muerte
motus, -us (sust. masc.): movimiento
mox (adv.): luego
multus, -a, -um: mucho
navis, -is (sust. fem.): nave
niger, nigra, nigrum: negro
nos: nom. plural del pron. pers. 1ª p.
nubes, -is (sust. fem.): nube
obscuritas, -atis (sust. fem.): oscuridad
parens, -ntis (sust. masc.): padre
parvus, -a, -um: pequeño
paucus, -a, -um: poco
peto, is, ere, petivi, petitum: buscar
pinus, -i (sust. fem.): pino
Plinius, -ii (sust. masc.): Plinio
plurimus, -a, -um: superlativo de plus
plus, pluris: comparativo de multus
primus, -a, -um (pron. numeral ordinal): primero
propero, -as, -are, -avi, -atum: apresurarse a, correr
proximus, -a, -um: cercano
pumex, -icis (sust. masc.): piedra pómez
questus, -us (sust. masc.): queja, lamento
quod (conj. causal): porque
regio, -onis (sust. fem.): región
rego, -is, -ere, rexi, rectum: dirigir
reluceo, -es, -ere, reluxi...: refulgir, resplandecer
requiro, -is, -ere, requisivi, requisitum: buscar
res, rei (sust. fem.): noticia
revenio, -is, -ire, -veni, ventum: volver
rursus (adv.): de nuevo
salus, salutis (sust. fem.): salud
sentio, -is, -ire, sensi, sensum: sentir
Sep. = september, septembris (sust. masc.): septiembre
septimus, -a, -um (pron. numeral ordinal): séptimo
similis, -e: semejante, parecido
sol, solis (sust. masc.): sol
surgo, -is, -ere, surrexi, surrectum: elevarse
Tacitus, -i (sust. masc.): Tácito
tandem (adv.): finalmente
tollo, -is, -ere, sustuli, sublatum: alzar
ubi (adv. relativo): donde
unde (adv. relativo): de donde
undique (adv.): por todas partes
video, -es, -ere, vidi, visum: ver
vir, viri (sust. masc.): hombre