miércoles, 15 de febrero de 2017

AL PRINCIPIO DE TODO...



¿Qué es un mito? Un mito es un cuento, un relato tradicional, que se ha transmitido, sobre todo, de forma oral, y que explica el origen del mundo, del ser humano, de los fenómenos naturales, de la técnica, etc. Es, pues, un intento de dar una explicación del mundo y en ellos suelen intervenir dioses y héroes.
Aquí hemos hablado ya, entre otros, del ciclo cretense (Minos y Pasífae, el minotauro, Teseo y Ariadna, Dédalo e Ícaro) y del ciclo troyano (la manzana de la Discordia, el juicio de Paris, la bella Helena, Aquiles, la caída de Troya...) pero, ¿qué fue, según los griegos, lo que dio comienzo a todo? Lo cuenta Hesíodo, un poeta griego del siglo VIII a. C., en dos obras tituladas Teogonía y Trabajos y días.
Nos cuenta, en efecto, cómo al principio solo existía el Caos, un vacío lleno de tinieblas, del que surgieron Gea (la Tierra) y Eros (el Amor). Gea tuvo un hijo Urano (el Cielo) y con él tuvo varios hijos, llamados Titanes. Urano estaba convencido de que uno de sus hijos le robaría el sitio, por lo que los obligaba a quedarse dentro de la Tierra. Esta cada vez se sentía más pesada y pidió ayuda a sus hijos. El más pequeño de todos, Cronos (el Tiempo) logró hacerse con una hoz y...

“saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó por detrás.”
(Hesíodo, Teogonía, 180 y ss.)

De las gotas de sangre que brotaron nacieron las Erinias, encargadas de vengar los crímenes familiares. En cuanto a los genitales de Urano, flotaron por el Mediterráneo y de la espuma que salía alrededor nació una doncella, Afrodita, la diosa del amor sexual. 

El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli (s. XV)


Cronos se convirtió en el único señor del mundo e iba devorando a los hijos que tenía con Rea. Cuando estaba a punto de nacer Zeus, su último hijo, Rea huyó a Creta y se lo entregó a escondidas a la cabra Amaltea para que lo criara. A Cronos le dio una piedra envuelta en trapos y este la tragó sin desconfiar.

Saturno devorando a sus hijos, Francisco de Goya (s. XIX)

Cuando Zeus se hizo mayor, se enfrentó junto a otros dioses a los Titanes en la Titanomaquia y acabó por hacerse con el poder.

miércoles, 1 de febrero de 2017

ALTIVS, CITIVS, FORTIVS: LOS JUEGOS OLÍMPICOS



Por poco atentos que estuvierais el verano pasado a los medios de comunicación, habréis oído decir, imagino, que los de Río 2016 fueron los vigésimo octavos (XXVIII) Juegos Olímpicos de la era Moderna. De la era Moderna, insisto, pues muchos siglos antes de que el barón Pierre de Coubertin recuperara este espectáculo en Atenas en 1896 con la intención de devolverle al deporte sus valores originales (gloria, honor, afán de superación...), los Juegos ya se celebraban en la Antigüedad.

No es de extrañar, pues, que el lema de los juegos olímpicos sea latino: citius, altius, fortius, que quiere decir “más rápido, más alto, más fuerte”. Aquí podéis oír dicho lema en el himno que John -la Guerra de las Galaxias- Williams compuso para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002.


Los Juegos Olímpicos fueron, cómo no, una creación griega. Se empezaron a celebrar en el 776 a. C. y toman su nombre de Olimpia, donde había un templo en honor del dios Zeus. Cada cuatro años se declaraba una tregua sagrada para que las ciudades griegas dejaran de luchar si estaban en guerra y permitieran a sus atletas participar en los juegos. El período de cuatro años que mediaba entre cada edición de los juegos recibió el nombre de Olimpiada. Fueron abolidos en el siglo IV d. C. por el emperador Teodosio, que los consideraba un culto pagano.



Los atletas tenían que ser varones, griegos, hombres libres y no ser culpables de ningún crimen. Además, eran aristócratas, es decir, nobles. De hecho, los juegos era el escaparate en el que los aristócratas hacían exhibición de sus habilidades físicas para justificar los privilegios que tenían en la polis. Los juegos eran una especie de preparación para la guerra. Como procedían de clases privilegiadas, los atletas podían costearse el equipamiento y dedicarse por completo al entrenamiento. Posteriormente se dio la posibilidad de que las familias aristocráticas no participaran directamente sino a través de atletas especializados, lo que condujo a cierta “profesionalización” de los juegos. Los premios eran muy sencillos, tenían un carácter simbólico: ramas o coronas de olivo y composiciones poéticas en su honor, llamadas epinicios (ἐπί-νική). El vencedor, eso sí, obtenía privilegios en su ciudad de origen, como la manutención gratuita.

Entre las distintas modalidades atléticas estaban las carreras de carros, de caballos, pugilato, lucha, carreras pedestres de velocidad y resistencia, pancracio (una especie de lucha libre, donde casi todo valía y lo único que estaba prohibido era morder y sacarle los ojos al rival), carrera de hoplitas, pentatlón, etc. Las competiciones tenían validez en sí mismas y no había intención de batir marcas.

Si sois aficionados a las aventuras de Astérix (Goscinny-Uderzo), quizá conozcáis su álbum Astérix y los Juegos Olímpicos. Si no, os vendrán bien igualmente estas viñetas como resumen de lo visto en esta entrada.







 

lunes, 16 de mayo de 2016

EL IMPERIO (II): LA FAMILIA JULIO-CLAUDIA



El principado de Augusto trajo consigo el silencio del Foro y el fin de las libertades que habían caracterizado a la República. Es más, Augusto fue el primero de una serie de emperadores, los de la dinastía Julio-Claudia, que, con la excepción, quizá, de Claudio, actuaron de manera despótica, caprichosa y cruel. Tenemos noticia de buena parte de sus excentricidades gracias a Suetonio, el historiador romano, que en sus Vidas de los doce Césares, concede mucho espacio al cotilleo y la anécdota escabrosa.
Nos habla, por ejemplo, de las prácticas pederastas de Tiberio, el emperador que conquistó Germania, que se refería a los tiernos infantes de los que abusaba como “pececillos”.
De Calígula nos cuenta que alimentaba a los animales de los espectáculos circenses con criminales y que nombró cónsul a su caballo preferido, Incitatus.
Ni siquiera Claudio, emperador más prudente y erudito, y responsable de sonados triunfos en Britania, se libró de su maledicente pluma y aparece descrito como inválido, tartamudo, digno del desprecio de su familia y extravagante. Por cierto que su muerte, resultado de la ingesta de setas envenenadas en una maniobra orquestada por Agripina, la madre de Nerón, es uno de los episodios más célebres de la Historia de Roma.
Llegamos así a Nerón, último de la dinastía. Fue en sus comienzos, aconsejado por Séneca, un emperador comedido. Sin embargo, se volvió con el tiempo tan excéntrico como brutal. El cine lo ha inmortalizado con la cara de Peter Ustinov en la película Quo vadis? Aquí os dejo un clip de la misma, en la que comparte plano con Petronio, enigmático autor del Satiricón, sobre el que os hablaré, quizá, en otra ocasión. 


Atended, por favor, a su identificación -la de Nerón- con un dios olímpico y a su alusión a los rumores que lo presentan como matricida y uxoricida. Con estos dos términos se relaciona vuestra tarea de hoy, que no es otra que descubrir su significado, su etimología -¡hablamos latín! ejem, ejem- y por qué fue acusado Nerón de tales abominaciones.
Buscad, buscad, noctámbulos, porque el que antes responda en forma de comentario tiene premio, un ejemplar de Los césares de Allan Massie, donde, ya bajo la sombrilla y a la orilla del mar, podrá leer sobre otras excentricidades de los emperadores romanos.


EL IMPERIO ROMANO (I): AUGUSTO



Si hacéis memoria, recordaréis, espero, que la Historia de Roma podía dividirse en tres grandes períodos determinados por el régimen político:

MONARQUÍA
(753 a.C.-509 a.C)

REPÚBLICA
(509 a.C.-27 a.C.)
IMPERIO
(27 a. C.-476 d. C.)

En los trimestres anteriores estudiamos las características definitorias de Monarquía (‘gobierno de uno solo’) y República (‘la cosa pública’) y nos resta, para acabar el curso, tratar del Imperio.
En el 27 a. C. Octavio, flamante vencedor de la batalla de Accio, recibió del Senado los títulos de augustus (‘majestuoso’, ‘venerable’) y princeps (‘el primero del Senado’) y se alteró notablemente el equilibrio de poderes del período republicano. Se mantuvieron el Senado y las magistraturas republicanas pero como mera fachada. Recordad que para los romanos todo lo que oliera a acumulación de poderes por parte de una sola persona recordaba a la monarquía y resultaba odioso. Así que Augusto mantuvo las instituciones republicanas pero las vació de poder.
Así, creó dos nuevos órganos administrativos que dependían directamente de él: el Consejo del príncipe, que con el tiempo llegó a suplantar a los senadores, y el alto funcionariado, dotado de poder ejecutivo.
Se rodeó, además, de una guardia personal, la guardia pretoriana, y de cohortes urbanas, cuyo objetivo era mantener el orden en la ciudad.
El ‘reinado’ de Augusto supuso, pues, una considerable pérdida de libertades, aunque también se logró una relativa calma interna y externa. Por ello suele hablarse de la pax augusta. Esta calma vino acompañada del embellecimiento de Roma con templos, basílicas y pórticos y Augusto se rodeó, además, de un grupo de literatos –los principales autores clásicos- que, bajo la protección de su amigo Mecenas, se dedicaron a engrandecer el nombre de Roma y del propio Augusto: Virgilio, Propercio, Horacio... De este Mecenas toma su nombre la designación que en nuestra lengua se da a todo protector de las artes.

sábado, 14 de mayo de 2016

ALCESTIS Y ADMETO



Terminamos, noctámbulos, nuestro periplo por el Infierno, con la peculiar historia de Alcestis y Admeto. Cuenta el mito que, tras lograr Admeto la mano de Alcestis, no hizo el preceptivo sacrificio de agradecimiento a Ártemis y esta, encolerizada, llenó de serpientes la habitación nupcial. Apolo prometió aplacar a su hermana y le concedió, además, a Admeto, el privilegio de que no muriese el día designado por los Hados, siempre que encontrara alguien que muriese en su lugar.
Cuenta Eurípides en su drama satírico Alcestis que Admeto intentó en vano que un mendigo o sus ancianos padres murieran en su lugar. Solo Alcestis, su amante esposa, consintió en descender al Hades en su lugar. Sucedió, no obstante, que visitó entonces Heracles el palacio de Admeto y al advertir las señales de duelo y averiguar lo ocurrido con Alcestis, descendió a los infiernos y regresó con ella, más hermsa que nunca. Según otra versión, habría sido la misma Perséfone quien, admirada del sacrificio de la joven, la devolvió espontáneamente a la luz.

viernes, 13 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA INFERNAL II: ORFEO Y EURÍDICE



Continuamos con nuestro viaje –por suerte, virtual- por el inframundo grecolatino, con una de las más célebres historias de amor de la Antigüedad que, cómo no, lo es también de muerte. Es la historia de Orfeo y Eurídice y del intento desesperado del primero por rescatar a la segunda.
Era Orfeo un poeta tracio, hijo de la musa Calíope, que con su música y su canto amansaba a las más salvajes fieras. Cuentan Virgilio y Ovidio que un día, su esposa Eurídice, una bella ninfa, corría para escapar del acoso de un sátiro y pisó por accidente a una serpiente que, encolerizada, la mordió. Murió Eurídice antes de tiempo y su esposo Orfeo, armado tan solo con su lira y con su voz, descendió a los Infiernos empeñado en recuperarla.
Se encontró Orfeo a Caronte, el viejo y tacaño barquero, y tan solo con su música, sin pagar peaje alguno, lo convenció para que lo llevara al otro lado de la laguna Estigia. Allí lo esperaba el horroroso Cerbero, el perro de Hades, que vigilaba la entrada y, sobre todo, la salida de los Infiernos. Tenía tres cabezas de perro, su cola era una venenosísima serpiente y salpicaban su dorso innumerables cabezas de reptil. Orfeo solo necesitó unos pocos tañidos de su lira para volver a Cerbero tan manso e inofensivo como un caniche. Se dirigió entonces al palacio de Hades y Perséfone –era invierno por entonces y la hija de Deméter cumplía con sus obligaciones como esposa- y, a su paso, todas las almas que en el Infierno penaban se olvidaban por un momento de sus tormentos y creían haber alcanzado, al fin, la paz. Convenció, por último, con su canto al inconmovible matrimonio infernal, a Hades y Perséfone, que, hechizados por él, o tal vez no, impusieron tan solo una condición al regreso de Eurídice: esta podría volver con Orfeo al mundo de los vivos, si y solo si él marchaba en cabeza todo el camino y no se volvía a mirar a su esposa hasta que ambos estuvieran a salvo bajo la luz del sol. Extraña condición, es cierto, y muy difícil de cumplir. Pues ¿cómo podría Orfeo estar seguro de que su esposa lo seguía de veras y de que no había sido burlado por el malvado Hades?
En cualquier caso, aceptó. Al fin y al cabo, nadie dijo que los dioses les pusieran las cosas fáciles a los mortales. Ambos se pusieron en marcha según lo convenido. Él en cabeza, cantando y tocando alegremente, pues volvían por fin a casa, y ella a su espalda, unos cuantos pasos por detrás. En el último momento, sin embargo, Orfeo comenzó a temer: ¿tan grande era el poder de su lira? ¿no estarían Hades y Perséfone riéndose a su costa y Eurídice aún sufriendo los tormentos infernales? Y cuando ya empezaba a vislumbrarse la luz y a punto estaban los enamorados de demostrar que el amor, como dijo Quevedo, es, en efecto, más poderoso que la muerte, Orfeo se olvidó de la prohibición, se volvió para mirar a Eurídice y esta se desvaneció al momento para siempre. 
Triste, ¿verdad? Pues aún empeora. Orfeo no se recuperó jamás de la pérdida y vagó hasta el fin de sus días como un alma en pena, fiel a la memoria de su esposa. De hecho, un grupo de ménades o mujeres furiosas le dieron muerte, celosas del fantasma de Eurídice. Le cortaron la cabeza, despedazaron su cadáver y arrojaron los trozos al río. Las Musas recogieron sus pedazos y los enterraron al pie del monte Olimpo. Cuentan que, desde entonces, los ruiseñores cantan allí más dulcemente que en ningún otro lugar. Y este fue el trágico final de Orfeo, el poeta enamorado que desafió a la muerte. ¿Esperabais un final feliz? De veras lo siento. Nadie dijo que la vida fuera justa. Tan solo es más justa que la muerte... a veces.

martes, 10 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA INFERNAL (I): EL RAPTO DE PERSÉFONE

Hablábamos el otro día de Asclepio y de su sorprendente talento para traer de vuelta a los muertos y lo cierto es que apenas hemos hablado nada de los Infiernos y su particular geografía. Sí habíamos mencionado, creo, que los Infiernos no tienen la connotación negativa que tienen para nosotros por obra y gracia de la tradición cristiana. Me explico. Resultaban temibles porque allí habitaba Hades, el dios de los muertos, y porque, como ahora, la muerte no era una perspectiva muy atractiva. Sin embargo, en los Infiernos estaban tanto los justos como los malvados. Infierno significaba, simplemente, “lo que está debajo”.
Dos de los mitos más célebres relacionados con el inframundo son el rapto de Perséfone y la trágica historia de Orfeo y Eurídice. Vamos hoy con el primero.
Hades, el Plutón latino, recibía también el nombre eufemístico del “invisible” por parte de aquellos que temían atraerlo, al pronunciar su nombre. Reinaba sobre los muertos de manera cruel y despiadada junto con su esposa Perséfone, la Proserpina de los latinos. Hubo un tiempo, sin embargo, en que Perséfone habitaba entre los vivos como una alegre muchacha. Tan alegre era, de hecho, que su malvado tío Hades -¡sí, su tío!- se enamoró de ella y la raptó para que reinara junto a él en los Infiernos. Su madre Deméter, diosa de la tierra, los cereales y la agricultura, la buscó en vano durante nueve días, mas, al llegar el décimo, escuchó el rumor de que Perséfone había sido raptada por Hades. Decidió entonces, furiosa, no regresar al Olimpo. Adoptó la forma de una anciana y se sentó en una piedra a lamentarse. En su ausencia, la tierra dejó de dar fruto y los hombres y animales comenzaron a morir de hambre. Ese habría sido ciertamente nuestro final, si no hubieran intervenido los dioses.
Zeus envió a Hermes, su mensajero, en busca de Deméter, pero ella se negó a retomar sus labores si no recuperaba a su hija. Acudió entonces Hermes al Infierno y allí intentó que Hades devolviera a la muchacha. Sin embargo, tan malvado como astuto, Hades se las ingenió para que la muchacha comiera unos granos de granada. ¿Y qué? Me diréis. Resulta que, según una ley ancestral, todo aquel que hubiera probado la comida del inframundo, debía permanecer para siempre junto a los muertos. Perséfone estaba, pues, condenada. Y con ella la raza humana, pues ¿de qué se iban a alimentar los hombres si Deméter no permitía que las semillas germinasen? Se llegó entonces al salomónico acuerdo de que Perséfone pasara la mitad del año en la tierra y la otra mitad en los Infiernos. Pero esto vosotros ya lo sabéis, porque, cuando Perséfone se reúne con su madre en las estaciones que llamamos Primavera y Verano, todo cobra vida. Cuando, al contrario, es arrebatada de nuevo a los Infiernos junto a su esposo Hades, las hojas caen y el suelo se vuelve estéril. Se trata, claro está, del Otoño y el Invierno.
Este mito, que da explicación de la sucesión de las estaciones, es lo que se denomina mito etiológico, pues da cuenta de las causas (< αἰτία, “causa”).
En la próxima entrega nos ocuparemos de Orfeo y Eurídice pero no me resisto a dejar aquí un magnífico clip extraído de El sentido de la vida de los Monty Python, sobre lo que ocurre cuando la Muerte, “la de la guadaña”, se junta con los vivos. ¡Todo el mundo a reír!