viernes, 5 de mayo de 2017

LA ERUPCIÓN DEL VESUBIO: POMPEYA

Uno de los episodios de la Historia de Roma con mayor presencia en el imaginario popular es el de la erupción del Vesubio, que trajo consigo la destrucción de Pompeya y Herculano. 

Dicha erupción tuvo lugar el 24 de agosto del año 79 d. C. y nuestra principal fuente para el conocimiento de lo ocurrido es el testimonio de primera mano de Plinio el Joven (s. I-II d. C.), que le relató lo sucedido al historiador Tácito (s. I-II d. C.) en una carta (6, 16). En ella cuenta cómo su tío, Plinio el Viejo, intrigado por la columna de humo que ascendía por encima de las montañas cercanas, salió a investigar en una embarcación ligera, dictó sus observaciones, terminó por marchar a la playa al día siguiente con una almohadilla en la cabeza para protegerse de los restos de rocas que caían y acabó muriendo asfixiado por los vapores.
Aquí os dejo una versión adaptada de dicha carta, que, si recordáis, tradujisteis parcialmente en un examen hace unos meses.
C. Plinius Tacito salutem plurimam dicit:
In urbe Miseno eramus, [ubi avunculus meus classem regebat]. Paucis diebus ante motus terrae crebros in regione Campania, senseramus. Sed ante diem IX Kal. Sep. hora fere septima nubem magnitudine inusitata vidimus; nubes e monte Vesuvio surgebat et simillima forma pino erat. Avunculus meus, vir doctissimus, navem petivit, [quod magnam rem cognoscere atque videre e proximo loco cupiebat]. Avunculus properat illuc [unde alii fugiunt]. Iam cinis, densior calidiorque, navi incidebat; mox cadebant nigri pumices et parvi lapides. Sed avunculus navis gubernatorem incitabat: “Fortes fortuna iuvat”. Interim e monte multis locis latissimae altissimaeque flammae relucebant.
Nos autem prima diei hora Miseno excedere statuimus. Vndique audiebamus feminarum atque infantium questus, virorum clamores; multi liberos, parentes aut coniuges requirebant atque manus ad deos tollebant. Tandem obscuritas disparuit: sol rursus luxit. Misenum revenimus et tristissimam rem accipimus: avunculi mei mortem.
Esta erupción es el marco en el que se desarrolla la nada, nada recomendable Pompeya (Paul W. S. Anderson, 2014). Mucho mejor es la recreación que de este episodio hizo la BBC (2003) y que veremos en las próximas sesiones. Así que... ¡poneos a cubierto!

miércoles, 26 de abril de 2017

LA TRAGEDIA GRIEGA



Hemos hablado de cómo y cuándo se celebraban las representaciones teatrales pero no de su contenido. Dentro del género teatral o dramático, había en la antigua Grecia dos subgéneros: la tragedia y la comedia.
La tragedia tenía, por lo general, tema mitológico. Sus protagonistas son héroes del ciclo troyano (Agamenón, Áyax, Orestes...), tebano (Edipo, Antígona...), etc. y el argumento se basa en su caída desde la gloria. La “moraleja” que se desprende de la tragedia es la indefensión del hombre, su falta de recursos, que es un mero juguete en manos de los dioses o del Destino. Al contemplar la caída del héroe o heroína, el público experimentaba una oleada de simpatía y lástima y se purificaba, se purgaba de pasiones que no “convenían” a la vida de la πόλις. Este efecto de la tragedia en los espectadores recibe el nombre de catarsis. Se puede decir que el teatro era una forma organizada de introducir el desorden, lo irracional, en la vida de la ciudad.
Los grandes autores trágicos griegos vivieron en Atenas durante el s. V a. C.: Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Esquilo es el primer dramaturgo griego del que conservamos una tragedia completa. Participó en la batalla de Maratón y probablemente también en la de Salamina (esta última es el tema de su tragedia Los Persas). Su obra más destacada es la trilogía la Orestía, que incluye sus tragedias Agamenón, Coéforos y Euménides.
Murió en Sicilia de un modo más que singular, tal y como se relata en el que debe ser uno de los peores capítulos en la larga historia de CSI, Las Vegas. Aquí os lo dejo para que os echéis las manos a la cabeza...

video

Sófocles fue probablemente el mejor de los trágicos griegos. Sus tragedias Edipo Rey y Antígona son modélicas y universales. Aún siguen emocionando a espectadores y lectores. De ellas hablaremos -¡hablaréis!- en las próximas sesiones.
EURÍPIDES es el más prolífico de los tragediógrafos. Sus personajes son más realistas, menos idealizados que los de Sófocles. Es el autor de tragedias magníficas como Medea y Bacantes, así como de la Hécuba, que veremos en abril.
En todas estas historias hay lugar para el incesto, el infanticidio, el parricidio y los más terroríficos y morbosos crímenes que podáis imaginar. Los asesinatos, eso sí, sucedían siempre fuera de escena y eran relatados por un heraldo, pues se entendía que representarlos ante el público atentaba contra el buen gusto. De ahí el origen del adjetivo “obsceno”. Determinadas acciones no deberían enseñarse al público, representarse delante de la escena (ob-scaena).

EL TEATRO GRIEGO (I)



En el siglo V a. C. una coalición de πόλεις griegas se enfrentó a la amenaza de los persas y los derrotó definitivamente en la gran victoria naval de Salamina. Pues bien, a raíz de esta gran victoria, la ciudad de Atenas ganó orgullo y confianza y se convirtió en punto de referencia en Grecia tanto desde un punto de vista político como cultural. Es en el siglo V a. C. cuando florece la democracia ateniense de la que tanto se ha hablado, un régimen caracterizado por la participación directa de sus ciudadanos -eso sí, las mujeres y los esclavos estaban excluidos de esta categoría-. Y es en el siglo V a. C. cuando se componen en Atenas gran parte de las obras literarias más destacadas y modélicas: los diálogos filosóficos de Platón, la obra histórica de Tucídides y, por supuesto, las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides.
Pues bien, los espectáculos teatrales cumplieron también una función política en Atenas, aunque de manera distinta a la de los juegos en Roma. Lo estudiaremos durante los próximos días pero empecemos por el principio.
¿Qué es el teatro? El teatro es un género literario (una de las categorías o tipos en que se pueden clasificar las obras literarias por su contenido y forma) narrativo (es decir, que cuenta una historia), dialogado y, en la época en que nos interesa, en verso. El término ‘teatro’ procede del griego θέατρον, que se relaciona con el verbo θεάομαι, ‘contemplar’. El teatro era y es, en efecto, un espectáculo visual. Así como una novela o un poema se escriben para ser leídos, el teatro se escribe para ser representado por actores, con escenografía (es decir, decorados), música, etc.
‘Teatro’ es también el lugar donde se realizan las representaciones. En la antigua Grecia se construían aprovechando una pendiente, en la que se instalaban las gradas. Al pie de la grada había una parte circular, la orchestra, en la que se situaba el coro -ya veremos lo que era y su función-. Tras la orchestra estaba la escena, un edificio que servía para apoyar los decorados. Delante de la escena estaba el proscenio, donde se encontraban los actores.

Teatro de Epidauro
Los actores (ὑποκρυτής) eran solo tres y llevaban el rostro cubierto con máscaras para poder representar diferentes papeles. Eran siempre hombres, ya representaran papeles masculinos o femeninos. En las representaciones participaba también un coro (de 12 a 15 hombres), cuyas intervenciones eran cantadas. Representaba a un colectivo con mayor o menor importancia en la historia representada. En la tragedia Hécuba, por ejemplo, que leeremos y veremos representada en abril, el coro está formado por prisioneras de guerra troyanas.
Las representaciones, patrocinadas por ciudadanos, eran todo un acontecimiento en la vida de la ciudad y se hacían coincidir con grandes festividades religiosas en honor de Dionisos. Las obras representadas eran tragedias y comedias y se concedían premios al mejor dramaturgo, protagonista y corego.

miércoles, 15 de febrero de 2017

AL PRINCIPIO DE TODO...



¿Qué es un mito? Un mito es un cuento, un relato tradicional, que se ha transmitido, sobre todo, de forma oral, y que explica el origen del mundo, del ser humano, de los fenómenos naturales, de la técnica, etc. Es, pues, un intento de dar una explicación del mundo y en ellos suelen intervenir dioses y héroes.
Aquí hemos hablado ya, entre otros, del ciclo cretense (Minos y Pasífae, el minotauro, Teseo y Ariadna, Dédalo e Ícaro) y del ciclo troyano (la manzana de la Discordia, el juicio de Paris, la bella Helena, Aquiles, la caída de Troya...) pero, ¿qué fue, según los griegos, lo que dio comienzo a todo? Lo cuenta Hesíodo, un poeta griego del siglo VIII a. C., en dos obras tituladas Teogonía y Trabajos y días.
Nos cuenta, en efecto, cómo al principio solo existía el Caos, un vacío lleno de tinieblas, del que surgieron Gea (la Tierra) y Eros (el Amor). Gea tuvo un hijo Urano (el Cielo) y con él tuvo varios hijos, llamados Titanes. Urano estaba convencido de que uno de sus hijos le robaría el sitio, por lo que los obligaba a quedarse dentro de la Tierra. Esta cada vez se sentía más pesada y pidió ayuda a sus hijos. El más pequeño de todos, Cronos (el Tiempo) logró hacerse con una hoz y...

“saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados dientes, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó por detrás.”
(Hesíodo, Teogonía, 180 y ss.)

De las gotas de sangre que brotaron nacieron las Erinias, encargadas de vengar los crímenes familiares. En cuanto a los genitales de Urano, flotaron por el Mediterráneo y de la espuma que salía alrededor nació una doncella, Afrodita, la diosa del amor sexual. 

El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli (s. XV)


Cronos se convirtió en el único señor del mundo e iba devorando a los hijos que tenía con Rea. Cuando estaba a punto de nacer Zeus, su último hijo, Rea huyó a Creta y se lo entregó a escondidas a la cabra Amaltea para que lo criara. A Cronos le dio una piedra envuelta en trapos y este la tragó sin desconfiar.

Saturno devorando a sus hijos, Francisco de Goya (s. XIX)

Cuando Zeus se hizo mayor, se enfrentó junto a otros dioses a los Titanes en la Titanomaquia y acabó por hacerse con el poder.

miércoles, 1 de febrero de 2017

ALTIVS, CITIVS, FORTIVS: LOS JUEGOS OLÍMPICOS



Por poco atentos que estuvierais el verano pasado a los medios de comunicación, habréis oído decir, imagino, que los de Río 2016 fueron los vigésimo octavos (XXVIII) Juegos Olímpicos de la era Moderna. De la era Moderna, insisto, pues muchos siglos antes de que el barón Pierre de Coubertin recuperara este espectáculo en Atenas en 1896 con la intención de devolverle al deporte sus valores originales (gloria, honor, afán de superación...), los Juegos ya se celebraban en la Antigüedad.

No es de extrañar, pues, que el lema de los juegos olímpicos sea latino: citius, altius, fortius, que quiere decir “más rápido, más alto, más fuerte”. Aquí podéis oír dicho lema en el himno que John -la Guerra de las Galaxias- Williams compuso para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002.


Los Juegos Olímpicos fueron, cómo no, una creación griega. Se empezaron a celebrar en el 776 a. C. y toman su nombre de Olimpia, donde había un templo en honor del dios Zeus. Cada cuatro años se declaraba una tregua sagrada para que las ciudades griegas dejaran de luchar si estaban en guerra y permitieran a sus atletas participar en los juegos. El período de cuatro años que mediaba entre cada edición de los juegos recibió el nombre de Olimpiada. Fueron abolidos en el siglo IV d. C. por el emperador Teodosio, que los consideraba un culto pagano.



Los atletas tenían que ser varones, griegos, hombres libres y no ser culpables de ningún crimen. Además, eran aristócratas, es decir, nobles. De hecho, los juegos era el escaparate en el que los aristócratas hacían exhibición de sus habilidades físicas para justificar los privilegios que tenían en la polis. Los juegos eran una especie de preparación para la guerra. Como procedían de clases privilegiadas, los atletas podían costearse el equipamiento y dedicarse por completo al entrenamiento. Posteriormente se dio la posibilidad de que las familias aristocráticas no participaran directamente sino a través de atletas especializados, lo que condujo a cierta “profesionalización” de los juegos. Los premios eran muy sencillos, tenían un carácter simbólico: ramas o coronas de olivo y composiciones poéticas en su honor, llamadas epinicios (ἐπί-νική). El vencedor, eso sí, obtenía privilegios en su ciudad de origen, como la manutención gratuita.

Entre las distintas modalidades atléticas estaban las carreras de carros, de caballos, pugilato, lucha, carreras pedestres de velocidad y resistencia, pancracio (una especie de lucha libre, donde casi todo valía y lo único que estaba prohibido era morder y sacarle los ojos al rival), carrera de hoplitas, pentatlón, etc. Las competiciones tenían validez en sí mismas y no había intención de batir marcas.

Si sois aficionados a las aventuras de Astérix (Goscinny-Uderzo), quizá conozcáis su álbum Astérix y los Juegos Olímpicos. Si no, os vendrán bien igualmente estas viñetas como resumen de lo visto en esta entrada.